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Columna: “Una ciudad amable: lugar de aprendizaje para los párvulos”

Un nuevo verano ha llegado a nuestro país y junto

Un nuevo verano ha llegado a nuestro país y junto con ello las vacaciones de los niños y niñas que asisten a jardines infantiles y escuelas generándose un período de potenciales e interesantes actividades a realizar con sus familias. Decimos “potenciales actividades”, porque los padres continúan trabajando en su gran mayoría y los supuestos tiempos a compartir, se convierten muchas veces en problemas al tener a los niños en casa y no poder atenderlos adecuadamente. En este escenario, las ciudades a las que concurren las familias en estos períodos estivales, se convierten en espacios de exploración, juego y descubrimiento que -con los niños y niñas- podrían aprovecharse.

¿Y qué les ofrecen nuestras ciudades? Muchas oportunidades: todas tienen plazas de juegos, parques, museos, salas de exposiciones, centros de diversión a los cuales se les agregan en verano actividades que ofrecen algunos municipios en piscinas, estadios deportivos o espacios naturales.

No obstante mirando más fino, permítanme dos observaciones obtenidas en las calles de Santiago: En Santa Isabel con San Isidro, una madre va con su hijito de unos 4 años en un coche de bebé. La cara de ambos es de aburrimiento, no hay diálogo. Pasan frente a la escultura “El caballo negro” de la plaza Stuttgart, compuesta además por otros dos equinos más coloridos. Súbitamente el niño los descubre, sonríe y les hace adiós con la mano a esos grandes caballitos. La madre no se da cuenta. Me detengo a mirar la plaza y noto que la escultura está llena de rayados, el suelo sucio con los restos de la noche anterior y además, hay un “homeless” que se ha instalado con sus “enseres”. En realidad no es un lugar muy favorable para que el niño camine, como sería lo deseable a esa edad.

Otro día, cerca del Parque Almagro, una madre peruana con una guagua en coche, una niña de dos años y un niño de cinco, me detienen y preguntan si hay algún parque donde los niños puedan jugar. ¡Claro! les digo indicándoles cómo llegar. La madre me vuelve a consultar si hay juegos y pasto, le confirmo animadamente. El niño da un grito de alegría, aplaude y parte rápido y ansioso en la dirección indicada. Los alcanzo al poco rato. Están en la zona de juegos donde el sol de este cálido verano hace que los metales y el plástico estén a una temperatura que imposibilita subirse a jugar. Además el pasto cercano está bastante seco y ¡lo están regando a las 3 de la tarde!; se quemará más.  No les queda más que sentarse más  lejos y ¡al fin! retozan al menos en un poco de verdor bajo los árboles.

Más allá de estas experiencias que muestran la relación poco amable de las ciudades con los niños, en especial en los sectores populares, cabe preguntarse si nuestras urbes son como en los países realmente desarrollados: espacios limpios, estéticos, con zonas especiales e interesantes para los niños pequeños. Esos lugares permiten que los párvulos en compañía de sus padres o cuidadores gocen, disfruten, se relajen, jueguen y sigan aprendiendo en forma refleja de todo: de otras personas, de la diversidad de plantas,  árboles y animales; de personajes ilustres representados de diversa forma, de construcciones muy distintas en estilos y materiales; y del verdadero arte popular que hay en las calles. A ello se agregan museos, bibliotecas y centros de exploración especialmente adecuados para niños pequeños. Al parecer, contrastando, bastante tenemos que hacer aún en este campo.

Pero además de estas adaptaciones, el problema mayor pareciera estar en los adultos que no “ven” la ciudad, que no se dan los tiempos suficientes en el diario vivir para descubrirla  y por tanto, no asumen la actitud necesaria para que los niños y niñas se re encanten  con sus espacios cotidianos.

Si los padres deambularan en un afán “expedicionario” y exploratorio con sus hijos, descubrirían que, a pesar de ciertas falencias, hay tantos detalles y rincones de nuestros escenarios habituales de los cuales asombrarse y a través de ellos, empezar a amar nuestras ciudades. De esta manera, las nuevas generaciones podrían aprender a tener una actitud diferente de valoración, cuidado y desarrollo de nuestros medios urbanos, para eventualmente constituir mejores escenarios de vida.

Por tanto en esta temporada de verano la invitación es a descubrir nuestras ciudades junto a los niños y niñas. ¡Es una actividad gratis y muy entretenida!